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Días antes, desde el campamento, veía al grupo deslizarse en hilera por el
corazón de la montaña, en un zig-zag similar a la caída del agua unos metros más abajo; sin
saber, dos días después sería yo quien viajaría al ritmo de los pasos de mi cordada.
Meditabundos, cada uno asciende; y siempre llega un momento crucial donde hay
un "¿y por qué?", que más arriba te contestan cuando estás de pie en aquel espacio que la
arista te permite, y donde alrededor se perfilan decenas de montañas con sus respectivas
cumbres, con su hermosura propia, y la máxima energía desencadenada tal vez por la adrenalina
y lo que la cima nos deja sentir.
El triunfo no se logra al estar sobre las mismas nubes; ya no existe dolor,
frío o cansancio; allá, arriba, dejas entrar el aire hasta el último espacio de tu cuerpo como
el primer hálito de vida, como aquel momento cuando, después de sufrir, sacas la cabeza de
entre las entrañas de la madre Natura, para, por sólo unos minutos, conocer el agradable
precio que llega a tener la libertad y recordar qué pequeño se es cuando hay todo un mundo
por caminar, por conocer y escuchar.
Uno tras otro, abrimos paso entre la fila de huellas, unidos por la vida, por
la cuerda... La terquedad y el orgullo quedan lejos porque –como siempre- la montaña permite
mostrar a nuestro verdadero yo. Hermandad, compañerismo y amistad son sólo palabras que
significan ahora pensar en los días de convivencia en la montaña, reunidos alrededor del calor
de una buena taza de vino.
¿Qué significa la primera cumbre? Cuando bajamos, recogiendo los pasos de la
cordada entendí que empezaba un nuevo ciclo, que la montaña era mi necesidad desde hacia
tiempo, que mi pensamiento era más claro, bastaba con echar un vistazo desde la carpa, a la
mañana siguiente, y dejar sentir en el alma ese regocijo y esa felicidad que sube desde el
estómago y termina estallando en una gran sonrisa que cambia todo ese perfecto paraíso de
montañas extrañas para volverse en "mi coqueta montaña"
Un grupo de seis partimos aquel ocho de abril de la Laguna Grande, época de
invierno según los lugareños; a la cabeza de nuestra cordada, Giovanni Albarracín, quien junto
con Hugo Andrés Marín y Steven Barrera hicieron realidad la conquista de la arista que compone
aquellos seis metros de cumbre. Lo que ocurrió en esos últimos metros está en la memoria de cada
uno, no queda más que abrazarse pues es un momento tan emocionante donde deseas correr y dejar
sentir la energía que la misma montaña te regala… Nuestro segundo en cordada "Sherpita" trajo
consigo nuevas marcas de la montaña y además nos alentó con su entusiasmo y la energía que
sólo puede tener un jovencito como él; por último Jairo Estrada quien se demostró a sí mismo
que el que parece el final es solo un impulso directo hacia el techo.
Aquí, desde la ciudad, quito mis pensamientos individualistas porque ahora sé,
que más allá, donde sale el sol y descansa la luna, está la cumbre de alguna montaña que a mí y
muy seguramente a usted, nos está esperando…
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