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Pico el Cóncavo (5250 m.), Sierra Nevada del Cocuy, Semana santa 2004

Ahora aquí, sentado frente al teclado, empiezo a recordar cada una de las cosas y sensaciones vividas en el ascenso al Cóncavo en esta semana de pasión, de pasión por la aventura y las montañas... Ese frío en la cara, el cansancio, las grietas, las dudas, la niebla, ese miedo que le pone el picante especial al asunto; y sobre todo la calidez y las risas de los compañeros.

Aunque ésta no fue la única montaña que escalamos, sí fue la más significativa. Quién lo habría pensado... todos los que en esta temporada intentaron escalar el Cóncavo en el Cocuy, bajaban con el cuento de que se debía estar muy loco, 'tostado' o cosas por el estilo, para pasar la grieta que impedía el acceso a la cumbre. Sí, eso sí, hay que darle mérito a la tronera, pues con esas dimensiones se asusta hasta el más bravo.

Yo no sé si concuerdo preciso con esas descripciones de estados mentales; o que, estando a sólo unos metros de la cumbre, separado de ella por sólo una pequeña grieta como de 2.5 metros de ancho y quién sabe cuánto de profundo, que además, tenía un desplome como de 2 metros y un puente (si es que a eso se le puede llamar así) muy delgado, se puede uno preguntar: ¿a qué vine?, ¿por qué carajos estoy aquí?, ¿por qué hago todo esto? ...y pues bueno, la única forma de entenderlo es haciéndolo, por que más difícil que pasar la grieta era aceptar el hecho de bajarse sin haberlo intentado, así que pasamos la mencionada grieta y las preguntas cada vez más tajantes, acompañadas del miedo al sentir que el hielo se parte bajo los pies y los pedazos caen en las fauces de la grieta.

Ya al otro lado, con el corazón a mil, y arrodillado bajo la cornisa, los miedos saltan sobre uno y todavía falta lo más duro: La maroma para pasar la cornisa, montarse en la arista y ver el estremecedor paisaje de la pared oriental del Cóncavo, con sus casi 700 metros de hueco, a tan sólo unos centímetros de los pies. Una delgada arista conduce directo a la cumbre, cada paso que se daba aceleraba el corazón, al final del proceso de asegurar y reunir a los compañeros en la parte más alta de la que en este momento era nuestra montaña, ya no hay preguntas, las respuestas afloran mudas, porque no hay palabras que puedan describir la sensación. Entonces entendí realmente a qué había ido esta vez, por qué razón lo hice y que sí... sí estoy loco... pero loco por las montañas y loco por hacer realidad mis sueños y compartirlos con quien los quiera soñar.

La bajada es otra historia.

Ahora me quedan como ganancias de este viaje los recuerdos de las risas, las caras de miedo en la arista y de todas esas sensaciones vividas, y más que nada, los amigos con quienes estuvimos esta vez y espero poder hacer más locuras por ahí.

Quiero invitar a todo el mundo a soñar y hacer lo que sea por hacer realidad sus sueños.


Giovanni Albarracín
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