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KRUX > Relatos > Cráter Arenas, Volcán Nevado del Ruiz (5.321 msnm) |
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Cráter Arenas, Volcán Nevado del Ruiz
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La jornada empezó poco después de las cuatro de la mañana, de noche todavía, con los sentidos aún torpes pero la mente y el espíritu contentos por la jornada venidera. Mientras salía de la bolsa de dormir, sentía un poco de ansiedad también, por la natural incertidumbre que surge ante variables como el clima y el estado propio y el del grupo. Intentando dejar a un lado el sueño, abrí la carpa donde había dormido solo, para saber si ya había actividad en el resto del campamento y, claro está, para contemplar ese espectáculo sin par que es el amanecer en la alta montaña. Las nubes abrigaban al mundo de abajo, seguían a esa hora haciendo de cobijas sobre esa región templada, de terreno quebrado, que se extendía bajo nuestra línea de horizonte. Se ocultaban bajo ellas Manizales, parte de Caldas y Risaralda; y sobresalía de ellas la Cordillera de Tatamá. Entre tanto, sobre nosotros, el cielo completamente despejado y estrellado, auguraba una mañana favorable para el ascenso. Éste era el panorama desde el campamento de Arenales, a 4600 metros. Eran las cinco, y sólo la silueta de Dulce Prada se distinguía contra el fondo púrpura con que la aurora teñía el cielo. Uno a uno fuimos saliendo de las carpas, y una hora después, aperados y con los morrales listos, partimos sobre ruedas hasta el zigzag donde empezamos el itinerario. La lluvia pertinaz y el granizo de la noche anterior, habían cubierto el paisaje de una delgada capa blanca. Desde que empezamos a caminar lo hicimos sobre nieve. La Olleta, cráter cuya superficie normalmente es un cono de arena, lucía perfectamente blanca de nieve, como la mayoría de lo que se podía contemplar. Nubes sutiles se posaban sobre el glaciar; generaban un efecto invernadero que nos recalentaba y deshidrataba y así, horas más tarde, la montaña exigente reduciría a seis el grupo de diez que iba ascendiendo. Llegando a la cumbre, la montaña nos haría una última prueba antes de otorgarnos el gran premio. Súbitamente la temperatura bajo unos treinta grados al pasar una nube densa sobre nosotros. Contemplábamos extasiados la ancha fumarola principal del cráter de cientos de metros de diámetro, cuando el cielo se despejó parcialmente, para mostrarnos el resto de ese entorno, tan blanco, apacible y bello que conmueve; que hace creer fugazmente que en el mundo de abajo, en el de los seres humanos, se han acabado los problemas. |
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Alejandro Leguizamón |
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